A veces me complico demasiado. Le doy demasiadas vueltas a las cosas porque quiero superarme cada vez más, en casi cualquier aspecto de mi vida, así que en la cocina no podía ser menos; el día menos pensado me pongo a desestructurar y a esferificar y me quedo sola.
Por eso, a veces se me olvida que en ocasiones los mejores placeres están en las cosas más simples. Como este flan que os traigo hoy, el de huevo de toda la vida, el que hacían nuestras madres, el que recibíamos como un premio,…